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Calaveritas y Recuerdos: Cómo el Día de Muertos en Monterrey Inspira a los Niños a Celebrar la Vida

Foto del escritor: Lic. Gerardo GuerreroLic. Gerardo Guerrero

Había una vez, en la hermosa ciudad de Monterrey, al pie del imponente cerro de la Silla, un grupo de niños y niñas llenos de inocencia y curiosidad. Estos pequeños, liderados por el amable sacerdote, el padre Juanjo, se embarcaron en una aventura que les llevaría a descubrir los encantos de una de las festividades más fascinantes: el Día de Muertos.


En el parque Fundidora, bajo el encanto acogedor del otoño, las risas de las alegres y curiosas niñas Danna, Sammy, Emma, Alejandra, Regina, Kyra, Nuri y Anhylu resonaban como campanas alegres. Junto a ellas, los traviesos y amigables Jerome, Petrus, Ángel, César y José Carlos aportaban su dosis de alegría y espontaneidad a la pandilla. Todos compartían la empatía que solo los corazones jóvenes pueden sentir.


Guiados por la curiosidad, exploraron el paseo de Santa Lucía, con sus aguas serpenteantes, como un espejo de la vida en continua evolución. Fue allí donde el padre Juanjo les habló sobre el significado profundo del Día de Muertos. Les contó que las calaveritas de azúcar eran como dulces mágicos que nos hacían recordar a nuestros abuelitos y sus historias divertidas. Los ojos de los niños brillaban con asombro, como si hubieran descubierto un tesoro.


El padre les llevó al majestuoso altar de muertos en la Macroplaza, un lugar donde los corazones se unen al cielo. Los niños comprendieron que este altar era como un puente que conectaba sus emociones con aquellos que ya no estaban. Era una alegoría de amor y respeto. Al poner las ofrendas de alimentos y objetos personales, sintieron que estaban procesando la pérdida, tal como se elabora una historia que se llena de vida.


Después, se aventuraron al Barrio Antiguo, donde las calaveritas literarias cobraron vida. Escucharon historias humorísticas y amorosas sobre la muerte, con una sinceridad que solo los niños pueden entender. Los risueños rostros y las jubilosas sonrisas se entrelazaban en el aire como una sinfonía de alegría.


El Día de Muertos les enseñó que la muerte, lejos de ser aterradora, podía ser una oportunidad para celebrar la existencia y abrazar la alegría que se encontraba en la memoria de aquellos que habían partido. Era como si un alegre baile entre la vida y la muerte les mostrara que el final era solo el comienzo de una nueva expedición.


Esta aventura de curiosidad, imaginación y creatividad en el Día de Muertos dejó una impresión imborrable en el corazón de estos niños y niñas. Aprendieron que, a través de la celebración, podían encontrar consuelo en los recuerdos y fuerza en la aceptación de lo inevitable.


La fortaleza mental y el bienestar emocional de estos pequeños exploradores se nutrió de la alegría, el asombro, la empatía y la creatividad que esta festividad mágica les brindó. Y así, en Monterrey, entre risas y calaveritas, el Día de Muertos se convirtió en una celebración memorable y trascendental que inspiró a estos jóvenes a abrazar la vida con valentía y humor.

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